Texto: Mariana Piña

Hace algunos años, mi madre me contaba de las divertidas aventuras que vivía cuando aún podía sumergirse en las claras aguas del río que atraviesa la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, en el Estado de Chiapas. Esa realidad ahora, ya no es la mía; el río que antes fue motivo de juegos, área de descanso o paseo, se encuentra hoy terriblemente contaminado, lleno de desechos tóxicos y aguas residuales. Desafortunadamente en nuestro mundo, ya no existe ecosistema acuático que no arrastre basura, desechos químicos u orgánicos, sedimentos, etcétera.

De entre todos los agentes contaminantes que terminan en el mar, los residuos plásticos (bolsas, botes, botellas, popotes, envases), son los más abundantes. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), estimó que en 2005 la cantidad de basura que terminaba en el mar era de 6.4 millones de toneladas anuales, hecho que es por demás lamentable si tomamos en cuenta que miles de animales mueren debido a la ingesta de residuos plásticos o que, si seguimos a este paso, seguramente para 2040 ya no habrá ningún cuerpo de agua en el que podamos sumergirnos para refrescarnos, divertirnos o lo que es peor, para calmar la sed.

Es aquí donde nos preguntamos, ¿y yo qué puedo hacer? La respuesta es simple, pequeños cambios en cadena, generan grandes impactos. Es cierto que la modernidad ha traído consigo un extraordinario número de creaciones que han transformado nuestras vidas demostrando lo maravillosa que puede ser la mente humana; sin embargo existen “inventos”, que distan mucho de ser útiles; un gran exponente de ello es el popote.

Este artefacto por todos conocido, sirve para dos cosas; la primera, generar basura y la segunda, enriquecer a los fabricantes. Quién, además de las personas convalecientes, necesita usar popotes. Fabricados a partir de combustibles fósiles –petróleo, gas natural, carbón–, no reciclables, usados 5 minutos, pueden permanecer en el ambiente sin alteraciones hasta por 500 años; estos instrumentos dañan gravemente al hábitat, a las especies marinas y en general al planeta.

Actualmente, existen organizaciones sociales que han orquestado campañas anti-popotes y bueno, si cada uno de nosotros decide colaborar con su granito de arena, quizá podamos aspirar a que nuestros hijos puedan todavía zambullirse en el mar o de lo contrario, resignarnos a contarles historias de lo bonito que era.

Por ello es que, cada vez que acudas a un restaurante, que tengas una fiesta o que veas a alguien utilizándolos, repite conmigo: Sin popote, por favor.

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