Texto y pintura: Arcadio Acevedo 

Carta a Valeria - obra completa - Arcadio acevedo
© Arcadio Acevedo

Valeria: Aún en las primeras horas del imberbe año, malaconsejado por el espíritu monárquico y chocarrero del champán (nunca en mi perruna existencia había buceado en él), me dio por discutir con mis amigos sobre temas espinosos, inasibles para la limitada comprensión humana: Dios, eternidad, creación, amor. Y muerte.

Tendida a los pies de la loma, la ciudad parecía una playa de lentejuelas. Un motín de alegres luminiscencias, si lo desean así, poetas. Un tumulto de bachas si así lo prefieren, jóvenes quemadores.

En mi turno, acepté mi fe en Dios, pero en un Dios muy individual, no apegado a los cánones tradicionales que nos infunde la religión católica, única que a trompicones profesé algunos años de mi vida.

Tampoco se ciñe a los dogmas orientales de la divinidad. Es la mía una fe cortada a mi talla espiritual, a la medida de mi materia gris. No a mi conveniencia.

El Dios en el que creo y al que le lanzo besos de gratitud y choros íntimos cotidianos, el Dios que me ha visto mojar los pantalones ante la proximidad del precipicio, el que me canta epitafios de cuna, aleluyas en otoño a través de mis hijos, el que se acuesta conmigo metido en formas de mujer joven, no porta el uniforme de ningún equipo conocido.

Mi Dios no es un ente sino una energía creadora original. En ella tuvo inicio lo finito, y lo que ha de perdurar cuando las palabras se hayan extinguido sobre la faz del universo; cuando la luz del verbo no ilumine el revés ni el envés de nuestro asombro infantil. Cuando no haya bocas que disparen las palabras como aerolitos. Cuando no haya inteligencias que las pronuncien. Cuando no haya oídos que puedan escucharlas.

Les confié, Valeria, que después de los cincuenta años el pensamiento de la muerte se me ha vuelto cotidiano. Es, en invierno, la taza de chocolate donde sopeo el pan diario de mis dudas, es la taza de café aguado donde ahogo mis turuletes, mis caballitos desbocados por la incertidumbre.

Y no soy fatalista, no. Simplemente me estoy esforzando por tratar de asimilar mi realidad en un plazo perentorio, con humildad, sin que el terror a la nada me convierta en nada antes de tiempo.

Según noticia escuchada ayer, les comentaba a mis amigos, el promedio de vida del mexicano es de 72 años para el varón y 75 para la hembra. Si pudiese agotar el promedio máximo –cosa improbable, tomando en cuenta la vida desordenada que he llevado- tendría una expectativa de once años, puesto que ando en los sesentas.

Ahora bien: Once años en condiciones de salud física y mental llevaderas, como hasta ahora, no serían una cantidad despreciable de jornadas para seguirlas derrochando. Pero uno nunca sabe cuándo la vida ha de pasarnos la factura. También ignora si deberá pagar en abonos o al contado. De un solo golpe. Nada sabe uno del monto de los intereses.

Apreciada la panorámica desde ese mirador, nos embiste la certeza de que el tiempo apremia, de que ha llegado la hora de empezar a hacer nuestro chumul, de empezar a ordenar nuestros tiliches, de jerarquizar nuestros afectos, nuestros amores, nuestras pasiones. De aprovechar el saldo.

Es la hora de lanzar la tarraya a despecho del clima, del sol o de la luna, de las mareas. A estas alturas del océano, de charal para arriba todo es pesca mayor. Es la hora de arrancarle las cadenas al niño, al monstruo, al idiota, al pavo real, a la chachalaca, al mercader, al idealista, al animal, al macho, al alacrán, a la tórtola, al halcón, al cura, al padrote, al santo, a la víbora, a la virgen santísima, a la madre, al ángel, al homosexual, a la puta, al asesino, al justo, al cabrón, al prevaricador, al travestido, al egoísta, al honesto, al mentiroso, al eunuco, al noble, al traidor, al casto, al fornicador, al púdico, al cobarde, al desvergonzado y al guerrillero, al méndigo y al mendigo, a los profetas y a los demonios que llevamos dentro.

Es la hora de salir a la plaza pública desnudos, con el pudor anudado en los tobillos, y extender el corazón al firmamento como un paraguas invertido, y alargar las manos con las palmas vueltas hacia arriba, para que ni una gota de esta maravillosa vida que nos cala, lloviendo a jicarazos, se derrame.

Se trata de animarnos a gritar: Gracias, Dios, por darme un papel en el enigmático teatro de la vida.

 

Arcadio Acevedo
Hombre muy destartalado, nacido en Zamora, Michoacán. Su trabajo fue incluido en el libro Los moneros de México de Rius. Radica en Chiapas desde hace 40 años. Fue Premio Estatal de Caricatura en 1986 y ha trabajado en casi todas las radioemisoras y publicaciones de la entidad. Fue parte de la tropa pionera del Canal 10 y fungió como director de 1986 a 1988. Ha publicado media docena de libelos e ilustrado varios libros de la Rial Academia de la Lengua Frailescana y de algunos poetas y escritores vernáculos.