Texto: Edgar Laram

Hace poco se suscitó una acalorada discusión sobre los efectos en los niños que ven Peppa pig; sí, la serie animada de la cerdita de piel rosa y vestido rojo.

El argumento, casi apocalíptico, era que esa niña-cerdita “enseñaba” a los niños a portarse mal, a ser irrespetuosos, a ser egoístas, en fin, a ser “malos”. En repetidas ocasiones, la alarma que se originó en redes sociales, emigró a las pláticas banales de muchos padres de familia.

–Peppa es mala influencia –escuché decir a más de uno. Sólo pude reír.

Obviando el hecho que es demasiado ingenuo pensar que una serie animada, por sí sola, puede hacer que un niño se porte bien o mal –sea lo que sea que se entienda por eso–, la sola comparación de esta producción con otras “para niños”, es ridícula.

Frente a los gritos, disparos de armas de fuego, sonidos estridentes, música acelerada, superficialidad, altísima velocidad en las imágenes y temas sobrenaturales de la mayoría de las series animadas, que sin temor a equivocarme conforman cerca del 80% de la oferta en la barra programática de los canales “para niños” más vistos, tanto en televisión abierta como en la de paga, Peppa pig presenta la vida de una familia de cerditos en un pueblo de no más de 30 habitantes, donde todos se conocen y viven en comunidad. Dibujos, todos, nobles a la vista, de formas redondas y colores cálidos.

Y ¡vaya desgracia!, la familia Pig tiene roles marcados: el padre va a la oficina, la madre trabaja desde casa; Peppa se viste de rojo y George, el pequeño cerdito que apenas dice ¡dinosaurio!, de azul. A diferencia de lo que sucede en otros casos, aquí los estereotipos funcionan casi exclusivamente a manera de simplificación de la realidad. Sería vano, por no decir tonto, presentar la realidad en toda su complejidad –si es que eso es posible– a un niño de escasos tres o cuatro años: mostrarle que tenemos problemas familiares y de trabajo, que las parejas a veces se separan, que hay enfermedades venéreas, o que el mundo está en conflicto constante; que hay seres humanos que se matan entre sí y que cada día que pasa el dinero se devalúa más.

En cambio, justo como la serie inglesa lo hace, ¡qué grado de maldad, por Dios!, puede mostrarse que la mayoría de los niños no comparte sus juguetes, que muchos discuten y se sacan la lengua con sus mejores amigos, que el hermano mayor quiere llamar la atención de sus padres; que éstos –no todos, claro– ganan peso y dejan de hacer las cosas que hacían de jóvenes o que de pronto se ponen gruñones y tienen desacuerdos por simplezas.

Más allá de lo “buena o mala” que pueda ser la serie, lo cierto es que una discusión con tan pocos argumentos sólo denota dos cosas: que casi cualquier sitio web puede hacer las veces de fuente confiable sin importar su prestigio, grado de divulgación o la forma en que trata los temas –es suficiente con decir “psicólogos de Harvard confirman que Peppa causa problemas en los niños” o “la escalofriante historia del origen de Peppa pig” para generar opinión–; y por otro lado, que aun los públicos adultos, sobre todo los de la tele, tienen un bajísimo nivel de análisis de los productos televisivos, porque a pesar de que ellos mismos puedan comparar las series animadas que ven sus hijos, prefieren hacerse del juicio tendencioso de algún portal web de segunda. Ambos temas son muy ricos y dan para mucho, pero no es el lugar.

El asunto aquí es que tal parece que lo que verdaderamente disgusta de la pequeña cerdita es que dice lo que piensa, que tiene miedos, que pide atención, que de vez en cuando se enoja, que salta en charcos de lodo, en fin, ¡qué desafortunado!, que se comporta como lo haría cualquier niña feliz.

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