Texto: Mario Alberto Bautista
 
Surgen muchas preguntas al escuchar por primera vez la entrega más reciente de The Strokes. ¿Es este álbum un rotundo fracaso o marca una nueva pauta a seguir por la banda encabezada por Julian Casablancas? Nada más elocuente que una placa titulada Comedown Machine o “Máquina de Decepciones”: un aviso de que probablemente no se obtendrá lo que se desea escuchar.

“Tap Out”, el track inicial, define lo que será este trabajo: guitarras más bien ocasionales, sintetizadores (obvio homenaje al famoso synthpop de la década de 1980) y, desde luego, el “recién adquirido falsete” de Casablancas, como señaló un crítico con sorna (malas noticias para él: el falsete de Casablancas llegó para quedarse, como demuestra el tema “Instant Crush”, su colaboración en el nuevo y magnífico Random Access Memories de Daft Punk). Otras canciones sobresalientes son “Welcome to Japan”, “Slow Animals”, “Partners in Crime” y “Fast Animals”, el bonus track de la edición japonesa de Comedown Machine.

Mención aparte merece la boba comparación de la tibia “One Way Trigger” con “En el muelle de San Blas” de Maná, que tanto se comentó a la salida de “One Way…” como single: sean serios, por favor.

“Call it Fate, Call it Karma” es, finalmente, otra de esas rarezas con que se toparán quienes esperaban guitarrazos a diestra y siniestra (que los hay, como en la bailable “50/50”). “Call it Fate…” es, como dice la reseña de Shes Fixing her Hair, como escuchar una canción emanada “de un viejo gramófono roto en el abandonado salón de baile de un hotel olvidado”, una canción que “bailarían los fantasmas” (quizá ese hotel sea el Overlook de la película de Stanley Kubrick El Resplador, agregaríamos).

¿Es este disco, entonces, una muestra de madurez o estancamiento? Muchos, nostálgicos de la faceta más roquera de la banda, dudan de su valor sin ver lo arriesgado de la apuesta de los Strokes, y no entienden la propia nostalgia de Casablancas y compañía: aquella época de sintetizadores y estribillos ingenuos, de baladas dulzonas y videojuegos simples (la portada del sencillo “Reptilia” de su segundo disco, Room of Fire, de 2003, es una reproducción del afiche del videojuego Centipede de Atari) que sin embargo los marcaron. Se trata de un gesto valiente pero propenso al malentendido. Porque la nostalgia implica un vaivén, un repliegue, y tiende a magnificar aquello que se recuerda. “[I] Tried to believe in you for a second time”, dice Casablancas en “80’s Comedown Machine”: “he tratado de creer en ti por segunda vez”. Quizá este sea el mejor consejo para apreciar este álbum: escucharlo entero de nuevo y, como con quien nos rompió el corazón, creer en él por una segunda vez para descubrir que, paradójicamente, este anómalo disco de “pop” roquea, y mucho.

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