Mario es un artista visual que pertenece a la nueva generación de creadores chiapanecos. Aunque se confiesa amante de la línea, su trabajo lo ha llevado experimentar con el grabado, la pintura y la escultura. Actualmente radica en España, donde culmina sus estudios de fotografía y gráfica experimental en la Universidad Politécnica de Valencia

Texto y fotografía: Edgar Laram

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Lleva el nombre de su padre y es el primero de tres hermanos. Le siguieron Daniel y Raúl; sólo él desarrolló el gusto por el arte, los otros ni siquiera estuvieron cerca. Daniel se graduó en Derecho mientras que Raúl lo hizo en Turismo.

—Yo salí así. Es como una condición que no se puede ocultar —explica Mario mientras ríe a la pregunta de si hay más artistas en su familia.

A sus 30 años, y luego de un atropellado proceso de reconocimiento, Mario sabe quién es. Desde niño mostró talento para dibujar, sin embargo se vio orillado a buscar alternativas para “ganarse la vida”. Estudió Comunicación porque se relacionaba al ámbito en que se había desarrollado su padre y por las posibilidades creativas de acercarse a la fotografía, al cine y al diseño.

Hizo toda la carrera “esperando lo bueno”. Incuso entró al campo laboral, hasta que luego de un año se dio cuenta de que no podría seguir; definitivamente no era lo suyo, le faltaba emoción; se estaba muriendo.

No eran fortuitos su gusto por Goya o sus muchísimos trazos en las libretas; su interés por las formas orgánicas o su todavía floreciente técnica. No. Se trataba de algo realmente profundo, algo que incluso obviaba el infortunio de vivir en una ciudad en que poco se aprecia el arte, visual o no; algo que se le imponía cada vez más como su único destino.

—Hay que aceptarse, para qué tratar de encajar en algo que no.

Lo dice sin reparos. Aun sabiendo que probablemente se trate de la decisión más importante de su vida. Aquello que muchas personas no se atreven a hacer porque la loza que les representa el tiempo les pesa demasiado. En cambio a él se le ve tranquilo. Aún pasa por estudiante de segundo semestre de la universidad.

–La edad es algo mental —responde.

Fue entonces que se inscribió a la carrera de Artes Visuales y comenzó un ascenso en plano personal. Desde ese momento se ha dejado ser. Las ideas le vienen a la cabeza, las aborda con distintos materiales, no discrimina el papel del lienzo, ni la piedra del metal o del ámbar. Su exploración, aunque incipiente por los alcances que sus maestros le auguran, es la de un artista entregado a su quehacer sin zozobra, sin arrepentimientos, pura creación.

Mario muestra un gusto especial por los animales, admira de ellos la forma en que se presentan ante el mundo, sin máscaras ni tapujos, desnudos, sinceros; pero sobre todo, le apasiona el cambio, la transformación. En su obra, puede verse la facilidad con que un dibujo pasa a ser pintura y ésta a su vez, pasa al “plano real” con la escultura. Hay una evolución ahí, en el dominio de los materiales, en el perfeccionamiento de su técnica, pero sobre todo, en su manejo del discurso.

No le hace falta un taller propio; trabaja en la mesa de su casa o en un bastidor improvisado mientras escucha algo de Talamasca, Infected Mushroom, o recientemente Daft Punk. Se trata de apaciguar sus ganas de crear, “la comezón” dicho en sus propias palabras. Reconoce en el cambio de espacio un estimulo que detona su imaginación y que le ayuda a explorar el rico banco de imágenes en su mente.

Mario ha encontrado en su arte un medio de realización. Una forma de reconocerse y de materializar sus pasiones, sus miedos e inquietudes. Mientras pinta se libera, va cortando una a una sus ataduras; se delata y se muestra, como los animales, tal cual es.

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