Texto: Marco Antonio Besares Escobar

La Danza de la RealidadDurante mi vida he visto una infinidad de películas, algunas las recuerdo, la mayoría no. Desde aquellas que llegaban al cine del pueblo, el cine Ideal, donde tuve la oportunidad de ver El Topo,la segunda película de Jodorowsky –una locura total que jamás entendí–, hasta las que ahora podemos ver en las salas de los multicinemas en tercera dimensión. Jamás había visto una película desde la idea inicial de su creación.

Cuando vi el video donde se proponía el proyecto de La danza de la realidad, y hubo en redes sociales la convocatoria de un joven chileno para que todos aquellos que seguimos de alguna manera las expresiones artísticas de Alejandro Jodoroswky aportáramos nuestra cooperación simbólica para realizarla, empecé a ver un filme totalmente diferente. Fueron diez dólares los que deposite al proyecto, mismos que hicieron posible que mi nombre aparezca en la lista de créditos de los que confiamos en una convocatoria inédita.

Fue hasta un domingo lluvioso de junio que fuimos a verla a la Cineteca Nacional, con una expectativa y una sensación rara. No obstante el cansancio de un viaje por carretera desde Chiapas al Distrito Federal, acudimos a las 8:30 a la sala tres. El precio de la entrada una ganga: treinta pesos por cada persona, nos gastamos sesenta pesotes. La cola era grande, pero grande era la sala donde se exhibió, buenos sillones y magnifica pantalla, lo que nos permitió colocarnos en un sitio adecuado, las personas que acudimos sólo llenamos tres cuartas partes. Inició la película.

Las imágenes iniciales encantadoras por sus colores, formas y originalidad. Tocopilla, Chile, en todo su esplendor con sus montañas mineras pelonas. La cinta sonora de igual calidad a lo que la vista apreciaba, el oído dejaba entrar los sonidos que llevaban las notas, para danzar al ritmo de los diálogos de los personajes que mágicamente aparecen para sorprendernos por su peso protagónico; se inició la danza de una realidad en la pantalla y también en el auditorio donde a ratos, reíamos, llorábamos, nos sorprendíamos y hacíamos un esfuerzo para entender el idioma de los símbolos de la realidad onírica. Psicomagia y psicogenealogía aplicada estéticamente en una película que amalgama pasado, presente y futuro; comprime el tiempo en un ritmo maravilloso en 113 minutos de su recorrido. Octava película hecha por Alejandro, curiosamente en este número tan significativo para un hombre que cursas exactamente la 8ª década de su vida física.

Esta película debe verse varias veces, como muchas de las expresiones artísticas de Alejandro Jodoroswky que, hasta hoy, un círculo muy atento a las cuestiones de la cultura y el arte le siguen. Su obra integral en narrativa, en poesía, caricatura, cine y teatro, en mi opinión contienen una propuesta técnica y metodológica de cómo hacer arte y apreciar el arte con el propósito de enriquecer el alma. Arte que cura es arte real, arte que no lo logra, es sólo pretensión de arte. Este principio aplica tanto al artista como al espectador, a cada uno por su lado.

La principal obra de arte de un ser humano, es la forma como confecciona su espíritu, eso que permanece más allá de la presencia física, la cual tiene grandes posibilidades de su conformación artística. Hacer un recorrido por el pasado para transfórmalo en una realidad como la danza que hace Jodoroswky acompañado de su familia es algo innovador, no conozco otro suceso cinematográfico semejante. Las principales tesis de su discurso sobre la humanidad y su espiritualidad condensadas en una película.

La danza de la realidad hace bailar al niño que está en nuestro interior. Rasca aquellos sentimientos escondidos debajo de la piel. Descubre deseos reprimidos de la etapa inicial. Recomienda remedios para los miedos atrapados desde entonces. Regresa el tiempo para enderezar el rumbo de los actos pesados de nuestro pasado. No es una película para comer palomitas y beber Coca-Cola, es para soltar nuestros fantasmas, viejas creencias, malos hábitos de pensar y de sentir. Pretende ser una película para sanar si el espectador busca eso. Es una película para buscar otras semejantes, de igual profundidad; y que ojalá sirva para que los que hacen cine le sigan los pasos y tomen el ritmo de La danza de la realidad.

Fernando Sánchez Dragó después de ver la película, ha dicho:

La expectación suscitada en Francia ha sido espectacular. Las revistas de más tirada del país han dedicado páginas y páginas a Alejandro Jodorowsky.
Hace tres días se proyectó en el estadio de Tocopilla (ciudad natal del autor) en una pantalla gigante y asistieron ocho mil personas –¡ocho mil!–, que al término de la película lloraban, se besaban y se abrazaban. No está de más señalar que la población de Tocopilla es de veinte mil almas.
Ayer mismo dio cuenta el New York Times (y otros que tal bailan) de que cierto astrónomo, descubridor de un minúsculo planeta de cinco kilómetros cuadrados que gira alrededor de Marte [sic], le ha impuesto el nombre de Jodorowsky.
–Alejandro –le dije yo al saberlo–. Ya eres como el Principito, ya tienes asteroide…
Tu Odisea del Espacio acaba de empezar. Saluda a Sófocles.

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